'El honor de llamarse Chichero'

'El honor de llamarse Chichero'

Artículo de opinión

PEDRO RAMOS GODOY

Con evidente orgullo manifiesta la familia Ortiz el honor que sienten todos sus miembros cuando los llaman e identifican como chichero. Las palabras que expresan públicamente este sentimiento se exponen con claridad en uno de los dípticos que utiliza la sociedad para dar a conocer sus productos:

Empresa familiar, arraigada a sus costumbres, donde los secretos de la elaboración de embutidos y jamones se han ido trasmitiendo de generación en generación. Fieles a nuestra tradición, reflejo del respeto y el buen hacer de nuestros fundadores, conservamos la esencia de los guisos de antaño en la elaboración de productos ibéricos artesanos. Tres generaciones después, EL CHICHERO sigue elaborando jamones y embutidos ibéricos con la misma pasión del primer día y apostando por productos naturales de la mejor calidad.

Aunque no es mi intención convertir este artículo en una entusiasmada alabanza de esta entrañable y bien avenida familia, tampoco quiero obviar sus arraigos, de dónde vienen, su profunda convicción profesional y, sobre todo, su capacidad para mantener con el paso del tiempo sus excelentes cualidades. Para alcanzar ese equilibrio en mi análisis, procuraré ser objetivo, pragmático y riguroso, requisitos necesarios para manifestar un juicio desinteresado e independiente.

En efecto, tres generaciones han edificado y consolidado esta empresa durante tres etapas bien distintas en su desarrollo y en la evolución y progreso de nuestra tierra extremeña. La historia tiene su origen en una pequeña localidad situada en el corazón de la comarca de la Serena, en concreto Malpartida, distinguida por ser cuna de personas emprendedoras. Allí nació don Lope Ortiz, hombre hábil, persuasivo y sagaz, que compaginó sus tareas del campo con la elaboración de chacinas y chichas (como comúnmente entonces se denominaban). En aquel ambiente rural, Lope, como es fácil suponer, realizó sus duras tareas desde la puesta de sol hasta el ocaso, en una situación vital en la que las palabras progreso y bienestar resultaban lejanas y casi desconocidas.

No estuvo solo el patriarca de esta saga familiar en aquellos tiempos difíciles de la posguerra civil española. A su lado, se encontraba su esposa, Joaquina Fernández, que también compaginó sus tareas domésticas con las actividades comerciales, pues era ella quien se trasladaba a Quintana de la Serena semana tras semana y a los pueblos vecinos (Cabeza del Buey, Monterrubio o Zalamea) para vender, sobre todo durante las ferias, los productos que con tanto esmero elaboraban. Ambos, pues, fueron quienes, a base de un inmenso esfuerzo y perseverancia, no exento de sacrificios, fueron consolidando su pequeño y respetable negocio y creando los cimientos de lo que actualmente es la estirpe de los Chicheros. ¡Con qué inmenso regocijo contemplarían hoy los dos el fruto de su tenaz iniciativa!

Fue más tarde, en 1952, cuando el matrimonio decidió trasladar su domicilio a Quintana de la Serena en búsqueda de un futuro mejor para sus seis vástagos y poco a poco fueron asentándose en su nuevo entorno. (la mayoría de ellos comienza a establecerse y crear sus propias iniciativas)

Transcurrieron los años y en 1966, como es propio, los padres se jubilaron y cedieron el testigo. Fue Hipólito, el menor, quien a sus 18 años tomó las riendas y se convirtió poco a poco en el alma mater de un proyecto al que etiquetó con la denominación de «EL CHICHERO», en honor a sus padres. Sin duda, había asimilado tanto la genuina manera de elaborar sus productos, como la sacrificada y abnegada actitud ante el trabajo diario y así, fiel a los prudentes y convincentes consejos de sus maestros, pronto empezó a demostrar que su carácter infatigable, entusiasta, precavido y sosegado iba a ayudarle a gestionar con brillantez la empresa que, con tanto trabajo e ilusión, habían creado sus progenitores. La perspectiva del tiempo demuestra que, sin su innegable sacrificio, sus dotes profesionales, perseverancia y astucia, no hubiera sido posible la consolidación y modernización de esta sólida industria.

Tampoco se encontró solo Hipólito en esta ardua tarea. A su lado halló el apoyo firme de María Rodríguez, su fiel y perspicaz compañera, quien no tardó en involucrarse en la tradición familiar del negocio ubicado entonces en una habitación de su humilde morada. Atesora María unos valores tan profundos y los combina con tal discreción con su fortaleza, paciente coraje y otros rasgos sencillos e inherentes a su persona, que es, sin duda, el nexo de la familia, la que inculca que, a pesar de los imponderables que la vida nos impone, hay que saber luchar siempre.

El producto de esta labor ha ido madurando con el paso de los años. La vitalidad de las viejas raíces se ha extendido por sus fuertes ramas y ha proporcionado un buen fruto. Sin duda alguna, hago especial mención a sus hijos: Lope, José María y Jesús. Los tres sienten una profunda admiración y respeto por sus padres y, por supuesto, han asimilado la mejor lección moral que de ellos se puede aprender: seriedad, honradez y trabajo. Desde esta base, cada uno de ellos, aunque con criterios bien diferenciados, se integra y colabora en un objetivo común: lealtad, sentido de la razón y, sobre todo, continuar con responsabilidad el proyecto. Con estos ingredientes el árbol se va ramificando y extendiendo de una manera vigorosa y fuerte.

El reto que se plantean ahora es ilusionante. Saben que los objetivos no se consiguen sin esfuerzos; saben que lo logrado no es fruto de la casualidad, sino de un meditado proyecto bien planificado y, por ello, están en continua superación y formación. No dudan, pues, de que, para ser un cualificado y sobresaliente profesional, la respuesta está en no abandonar los valores que alumbraron la senda familiar: humildad, trabajo y perseverancia. Si a estos aspectos se le suman la suerte (palabra tan mágica, que muchos intentan inútilmente conseguir y difícilmente encuentran), su afán competitivo (la rivalidad profesional bien entendida), su humildad para aceptar sus limitaciones (afrontan con naturalidad las imperfecciones y les ponen soluciones con mesura) y la adquisición de un elenco de competentes y leales trabajadores (se sienten importantes y valorados dentro del organigrama empresarial), es evidente que la empresa posee los pilares indispensables y necesarios para que el presente sea estable y sólido, y el futuro se perciba como bien halagüeño.

En virtud de todas estas razones, me satisface dignificar y honrar a la saga familiar que un día ya lejano fundó el matrimonio Ortiz Fernández. Es evidente que su base humana, tan sólida y rebosante de buenos principios y valores, ha garantizado, en el devenir del tiempo, su éxito profesional. Sirva, pues, este humilde artículo tanto de gratitud por la generosidad y buen trato que siempre me han brindado, como de homenaje a todos sus miembros y, en especial, como reconocimiento póstumo de don Lope Ortiz, por su coraje en la firme convicción de levantar sus irreductibles cimientos.

Pedro Ramos Godoy

 

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